Siempre en la vida tenemos que decidir días más felices. En ese saco siempre suele estar nuestra boda, el nacimiento de nuestro hijo y, en mi caso, la cancelación de la hipoteca. Me podéis llamar materialista o lo que queráis, me da igual. Yo sé por todo lo que he tenido que pasar y por eso está en mi top3.
Y es que si echo la vista atrás y pienso en los grandes hitos de mi vida, hay uno que destaca por encima de muchos otros: el día en que terminé de pagar mi hipoteca, lo digo bien alto y claro. No fue una fiesta con fuegos artificiales tampoco hubo música épica de fondo, pero dentro de mí sentí algo muy parecido a la libertad. Fue el final de un camino largo, lleno de días buenos, días malos, meses tranquilos y otros en los que apenas llegaba a fin de mes.
Cuando firmé la hipoteca, lo recuerdo perfectamente, era joven y estaba lleno de ilusión. Tenía trabajo, planes y esa sensación de estabilidad que me hacía pensar que pagar durante treinta años no sería tan duro. Al principio, las cuotas se llevaban una parte importante de mi sueldo, pero podía asumirlo. Cada mes pagaba, miraba el recibo y seguía adelante, convencido de que todo iría bien. Era la típica vida de un hipotecado y era dura porque ese año hubo muchos desahucios, no como ahora que están casi prohibidos.
Pero la vida no siempre sigue el guion que uno imagina. Hubo años buenos, en los que incluso pude hacer alguna amortización de hipoteca. Recuerdo la primera vez que decidí amortizar una cantidad extra. No era mucho, pero me explicaron que reducir capital al principio ahorraba muchos intereses. Fue una pequeña victoria personal, una forma de sentir que no solo sobrevivía a la hipoteca, sino que también la atacaba. La cosa iba bien.
Los días malos
Sin embargo, también hubo días malos. Días en los que el trabajo empezó a fallar, en los que la empresa recortó personal y me quedé un tiempo sin empleo. Esos meses fueron especialmente duros.
La hipoteca no entiende de crisis personales ni de currículums enviados sin respuesta. Cada mes había que pagar, sí o sí. Ajusté gastos, tiré de ahorros y aprendí a vivir con menos. La hipoteca se convirtió en una preocupación constante, una sombra que siempre estaba ahí. Y eso de los que bancos piensan en ti, no te lo creas, para ellos eres un número más.
Aun así, nunca dejé de pagar. Hubo momentos en los que pensé que no llegaría al final, pero poco a poco el tiempo fue pasando. Volví a trabajar, estabilicé mis ingresos y retomé, cuando pude, la amortización. Cada euro extra que destinaba a la hipoteca lo hacía con una mezcla de sacrificio y esperanza. Sabía que estaba comprando tranquilidad futura.
Y entonces llegó ese último año. Las cuotas ya no me parecían eternas, el capital pendiente era pequeño y el final se veía cerca. Empecé a contar los meses, casi los días. Hasta que llegó el momento que había imaginado tantas veces: el último pago. Recuerdo perfectamente ese día. Miré la cuenta bancaria, vi el cargo y supe que ya estaba. La hipoteca, por fin, estaba pagada.
Pensé que todo había terminado ahí, pero entonces me surgió la gran pregunta: “Pero si yo ya pagué mi hipoteca… ¿tengo que hacer otro trámite más?”. La respuesta fue sí. Y es que aunque la hipoteca estuviera pagada, todavía quedaba un paso importante que era la cancelación de hipotecas. ¿Lo sabías?
Así que contacté con mi banco y les dije que quería cancelar mi hipoteca en la notaría. Ellos se encargaron de enviar a un representante. Yo, curiosamente, no tenía que firmar nada. El banco debía reconocer oficialmente que la deuda estaba cancelada.
Ese día fui a la Notaría Pérez Juan. Recuerdo entrar con una sonrisa que no me cabía en la cara. Un representante del banco acudió a firmar la escritura de cancelación, y yo estaba allí, como espectador privilegiado del cierre de una etapa enorme de mi vida. No exagero si digo que ese hombre, al firmar aquel documento, me regaló uno de los momentos más felices que he vivido.
Hasta nunca
Pues bien, me explicaron que, aunque el préstamo estuviera saldado, la hipoteca seguía apareciendo en el Registro de la Propiedad, y eso es lo que había que eliminar. Para hacerlo de forma definitiva, era necesario que el banco firmara con el notario la escritura de cancelación de hipoteca y que esta se inscribiera en el Registro.
Esto es especialmente importante si algún día quieres vender la vivienda, porque ningún comprador quiere ver una hipoteca activa en el registro, aunque esté pagada. Es algo que te recomiendo y que se debe explicar bien.
Además, por suerte, ya no tuve que pagar ningún impuesto por este trámite, lo cual fue un alivio más. Después de tantos años pagando, cualquier gasto extra duele, pero en este caso no fue necesario.
Por fin era libre y me fui a celebrar el día más feliz de mi vida.

